Aceptar con humildad

Aceptar con humildad
 
¡Mentira! ¡El SEÑOR nuestro Dios no nos ha prohibido ir a Egipto! Baruc, hijo de Nerías, te ha convencido para que digas esto, porque él quiere que nos quedemos aquí para que los babilonios nos maten o nos lleven al destierro. Jeremías 43.2-3

El apóstol Santiago exhorta a sus lectores: «Mis amados hermanos, quiero que entiendan lo siguiente: todos ustedes deben ser rápidos para escuchar, lentos para hablar y lentos para enojarse.
El enojo humano no produce la rectitud que Dios desea. Así que quiten de su vida todo lo malo y lo sucio, y acepten con humildad la palabra que Dios les ha sembrado en el corazón, porque tiene el poder para salvar su alma» (Santiago 1.19-21).
La fórmula que propone incluye tres acciones: rápidos para escuchar, lentos para hablar y lentos para enojarse. Es decir, debemos resistirnos a la tendencia natural de hablar sin pensar, y de enojarnos cuando escuchamos algo que no nos gusta. En lugar de esto, debemos esforzarnos por prestar atención al Señor. Pero solamente pueden asumir esta postura aquellos que desean, desde lo más profundo de su corazón, agradar a Dios en todo.
El camino que propone Santiago es el que debía haber recorrido el remanente que consultó a Jeremías acerca de la voluntad de Dios para sus vidas. Cuando el profeta les trajo una palabra que claramente contradecía lo que ellos querían hacer, estallaron en ira. Leemos, en el texto de hoy, el reproche que le dirigieron.
¡Cuánta creatividad demostramos a la hora de justificar nuestra desobediencia! Adán no hizo absolutamente nada incorrecto; el Señor, y la mujer que le había dado, eran los responsables de la situación (Génesis 3.12). Aarón tiró los aros y brazaletes al fuego y el becerro de oro salió, solito, de entre las llamas (Éxodo 32.24). Saúl no desobedeció al Señor; fue el pueblo el que escogió guardarse lo mejor del ganado (1 Samuel 15.15).
Cuando caemos en elaboradas explicaciones acerca del por qué una palabra que hemos escuchado en realidad no es para nosotros, podemos estar casi seguros de que esa Palabra es precisamente la que necesitábamos escuchar.
Nuestro orgullo, siempre dispuesto a dar batalla a la hora de sujetarse al Señor, no acepta que nos humillemos y recibamos con mansedumbre la Palabra. Cuando la aceptamos, sin embargo, y decidimos ponerla por obra, la bendición cae sobre nuestra vida, tan seguro como el sol sale cada mañana.

La obediencia no siempre nos resulta agradable. En ocasiones debemos optar por este camino con los dientes apretados, porque todo nuestro ser eleva una protesta frente a nuestra intención. No obstante, debemos aferrarnos a la convicción que habían declarado estos judíos cuando inicialmente se acercaron a Jeremías: «Nos guste o no, obedeceremos al SEÑOR nuestro Dios a quien te enviamos con nuestro ruego. Pues si le obedecemos, todo nos irá bien» (Jeremías 42.6).

Para pensar.
La obediencia es el resultado de una convicción, tan fuerte como una roca, de que nunca perderemos si seguimos las instrucciones del Señor. Debemos entender que nuestro ser siempre protestará, pero por la gracia de Dios podemos ignorar los argumentos que se nos presentan para inducirnos a la desobediencia. ¡Sujetar nuestro espíritu al Señor es siempre la mejor decisión!

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