El peor castigo

El peor castigo
Pero no, mi pueblo no quiso escuchar; Israel no quiso que estuviera cerca. Así que dejé que siguiera sus tercos    deseos, y que viviera según sus propias ideas.
Salmo 81.11-12

Cuando los niños son bien pequeños gustosamente aceptan la ayuda de un adulto con aquellos desafíos que los superan. Puede ser, por ejemplo, para atarse los cordones, abrochar los botones de un abrigo o cortar la carne que tienen servida en el plato. Conscientes de sus propias limitaciones, rápidamente acceden al socorro que ofrecen los padres, los tíos o sus propios hermanos.

Con el pasar del tiempo, sin embargo, esta disposición comienza a desaparecer y se afianza el espíritu de independencia que tan bien representa la cultura de este presente siglo malo. Ya no quieren que se les ayude.
Prefieren intentar por su propia cuenta e incluso fracasar antes que pedir socorro a aquellos que están en mejores condiciones de ayudarlos.
En ocasiones, es tan fuerte el espíritu de rebeldía que optan por quedarse sin el posible beneficio que recibirían con la ayuda de un adulto.
Por supuesto, parte de esta independencia se debe al camino normal que recorre el ser humano en el proceso de aprender a defenderse por sí mismo. Cuando la obstinación se convierte en un estilo de vida, sin embargo, la persona se arriesga a tener que descubrir las soluciones mediante caminos complicados y engorrosos, pues está condenada a repetir los errores que otros ya han corregido.
El salmista describe un proceso similar en la vida espiritual. El pueblo de Dios, al igual que un niño testarudo y obstinado, no quiere escuchar. Percibimos en esta actitud una postura de terca rebeldía que se resume en la frase: «A mí nadie me va a decir lo que tengo que hacer».
Hoy esa actitud se ha convertido en una filosofía de vida.
El Señor respeta esta decisión, tal como respetó la decisión del joven rico de darle la espalda o la del hijo menor de abandonar la casa de su padre con su parte de la herencia.

Es uno de los preciosos regalos que Dios nos ha dado:
la libertad de escoger nuestros propios caminos.
En ocasiones, el Señor no opta por disciplinar nuestra actitud de obstinada rebeldía.
Sencillamente permite que cosechemos de la necedad de nuestras propias elecciones fallidas e imperfectas.
Al igual que el hijo pródigo, acabamos malgastando nuestra vida en lo que no aprovecha, para finalmente terminar en el chiquero. No hace falta intervención de lo alto para corregir esto; basta con que cada uno de nosotros suframos las consecuencias de nuestra limitada perspectiva de lo que es bueno.
La gran esperanza es que, habiendo arruinado nuestra existencia, poseamos la valentía necesaria para confesar que deberíamos haber aceptado la ayuda ofrecida oportunamente.
La buena noticia es que nuestro amoroso Padre celestial siempre estará listo para retomar la relación que tan apresuradamente descartamos.

Para pensar y orar.
Señor, nuestro orgullo es un verdadero tirano. Odia que nos humillemos y que pidamos ayuda en tiempos de necesidad. Líbranos de semejante tiranía. Danos la valentía de reconocer cuando no podemos solos, para que tú puedas intervenir en nuestra vida y darnos ayuda oportuna.
 
 
 
 
 
 
 

No Comments