No con espada

No con espada

Así David triunfó sobre el filisteo con solo una honda y una piedra, porque no tenía espada.   1 Samuel 17.50

La extraordinaria hazaña del joven pastor de ovejas, al derrotar al gigante filisteo, ha inspirado a generaciones de fieles seguidores del Señor. Contiene una gran riqueza de principios espirituales útiles para todos aquellos que también han sido llamados a enfrentarse a sus propios gigantes.

El historiador cierra el relato de la victoria obtenida con la conclusión que contiene el texto de hoy. «Así David triunfó sobre el filisteo con solo una honda y una piedra, porque no tenía espada».

De esta forma, nos invita a meditar en las características de esta batalla para que alcancemos mayor comprensión de la manera en que Dios afianza sus más notables conquistas.

El detalle de que David no tenía espada no deja lugar a dudas de que esta batalla no se peleó con las armas que se usaban en las guerras convencionales. La espada, la lanza y la jabalina formaban parte del equipamiento que empleaban tanto los israelitas como los filisteos. Salir a la guerra sin estos elementos constituía una verdadera locura.

El joven pastor de Belén, sin embargo, le hizo frente a Goliat con solamente una honda y un cayado.
De esta manera, el Señor demuestra que él claramente no padece las limitaciones que sufrimos los seres humanos. De hecho, la historia de sus intervenciones revela que él se deleita en recorrer los caminos más impensados a la hora de lograr sus propósitos. La derrota de Goliat muestra cuán poca relevancia les da el Señor a las convenciones que nosotros consideramos sagradas.

Los hombres formados y preparados para pelear contra Goliat no quisieron asumir ese compromiso. Paralizados por el miedo, postergaron una y otra vez la posibilidad de intervenir en la historia que se desarrollaba delante de sus propios ojos.
El Señor, sin embargo, se había propuesto alcanzar sus objetivos; por lo cual simplemente levantó a otro que, con su proceder, avergonzó a los que más sabían.
Observamos el mismo principio en la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén. Los fariseos, indignados por el recibimiento que le ofrendó la gente, lo instaron a que los hiciera callar. Jesús no dudó en responder: «Si ellos se callaran, las piedras a lo largo del camino se pondrían a aclamar» (Lucas 19.40). Es decir, si las personas que debían adorarlo como rey no lo hacían, entonces Dios levantaría adoradores de las mismas rocas, si fuera necesario. El Mesías no se vería privado de la adoración que le correspondía.
Así también ocurrió en la parábola de la fiesta de bodas. Los que habían sido invitados no quisieron participar. Quizás lo prudente hubiera sido cancelar la fiesta, pero el rey ordenó que salieran a la calle e invitaran a todos los que se encontraban por el camino.
La conclusión es ineludible: la fiesta seguirá, estemos presentes o no.

Para pensar.
David nos provee de inspiración porque poseía las mismas limitaciones que nosotros. Esto no le impidió, sin embargo, seguir al Señor con un atrevimiento que convertía en ridículas las muchas habilidades de los que estaban mejor equipados.
Las grandes conquistas en el reino de Dios no son de los capaces, sino de los osados.


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