El Señor reina
El Señor reina
¡El SEÑOR reina, estremézcanse los pueblos! Salmo 99.1 NBLH
A veces subo a una plataforma, para compartir la Palabra, y suelo comenzar con esta declaración: «El Señor reina». Resulta interesante observar los rostros de quienes están sentados en la congregación. En muchas reuniones la frase no despierta ninguna clase de respuesta. La gente se queda mirando, como quien escucha un insignificante titular de las noticas: «Nuevos conflictos en Siria», «Cambio de gabinete del primer ministro francés» o «Japón retoma la caza de ballenas».
Son frases que no nos conmueven porque representan realidades tan alejadas de nuestro entorno cotidiano que nos dejan completamente indiferentes. Que Japón decida seguir matando ballenas, por ejemplo, nos tiene sin cuidado porque nuestras preocupaciones son otras. ¿Qué injerencia puede tener sobre nuestra vida el hecho de que el primer ministro de Francia haya cambiado de gabinete? Ninguna. Por esto, no mostramos ninguna clase de reacción.
Cuando esta indiferencia también se manifiesta frente a la frase «El Señor reina», nos dice mucho acerca de nuestra experiencia cotidiana de la soberanía de Dios. La reacción pareciera indicar que la frase tampoco se relaciona mucho con nuestra existencia, repleta de desafíos, dificultades y frustraciones.
Para el salmista, sin embargo, el silencio y la indiferencia no son aceptables. Espera que los pueblos tiemblen ante esta realidad, que las naciones se estremezcan al considerar que Dios está por encima de todos los movimientos, las estrategias, las proyecciones y las iniciativas de los hombres. Y la expectativa del poeta no se limita a este salmo. En el Salmo 93 espera que los torrentes alcen su voz ante esta verdad (v. 3). En el Salmo 96 ordena que la frase se diga entre las naciones (v. 10). En el 97 exhorta a la tierra a regocijarse (v. 1).
Entiendo, por estas reacciones, que es necesario comprender las implicancias de esta declaración. Necesitamos encontrar la forma de entender lo que implica el reino soberano de Dios sobre todas las cosas. Podemos lograr este objetivo si sustituimos el verbo «reina» por otros sinónimos de la acción de Dios.
En lugar de «reina», podríamos declarar que el Señor controla, gobierna, crea, ordena, dirige, provee, protege, satisface, actúa, interviene, cubre, redime, salva, consuela, sana, levanta, bendice.
Cuando meditamos en esta lista de acciones, comenzamos a entender por qué el salmista cree que la tierra debe estremecerse frente a la frase «El Señor reina». Es una declaración de la magnífica soberanía del Todopoderoso, un testimonio de su absoluta autoridad sobre todas las cosas, un reflejo de que el imperio, la majestad, el dominio, la gloria y el señorío son suyos, por los siglos de los siglos. No existe institución humana que lo pueda destronar. No ha nacido el hombre que pueda hacer descarrilar sus planes. No existe un problema tan complejo que él no pueda resolverlo. No se ha manifestado una situación que él no pueda revertir.
Para pensar.
¡El Señor reina! Bendito sea su nombre, desde ahora y para siempre. Adorémoslo en la hermosura de su santidad. Postrémonos ante el trono de su majestad.
¡El SEÑOR reina, estremézcanse los pueblos! Salmo 99.1 NBLH
A veces subo a una plataforma, para compartir la Palabra, y suelo comenzar con esta declaración: «El Señor reina». Resulta interesante observar los rostros de quienes están sentados en la congregación. En muchas reuniones la frase no despierta ninguna clase de respuesta. La gente se queda mirando, como quien escucha un insignificante titular de las noticas: «Nuevos conflictos en Siria», «Cambio de gabinete del primer ministro francés» o «Japón retoma la caza de ballenas».
Son frases que no nos conmueven porque representan realidades tan alejadas de nuestro entorno cotidiano que nos dejan completamente indiferentes. Que Japón decida seguir matando ballenas, por ejemplo, nos tiene sin cuidado porque nuestras preocupaciones son otras. ¿Qué injerencia puede tener sobre nuestra vida el hecho de que el primer ministro de Francia haya cambiado de gabinete? Ninguna. Por esto, no mostramos ninguna clase de reacción.
Cuando esta indiferencia también se manifiesta frente a la frase «El Señor reina», nos dice mucho acerca de nuestra experiencia cotidiana de la soberanía de Dios. La reacción pareciera indicar que la frase tampoco se relaciona mucho con nuestra existencia, repleta de desafíos, dificultades y frustraciones.
Para el salmista, sin embargo, el silencio y la indiferencia no son aceptables. Espera que los pueblos tiemblen ante esta realidad, que las naciones se estremezcan al considerar que Dios está por encima de todos los movimientos, las estrategias, las proyecciones y las iniciativas de los hombres. Y la expectativa del poeta no se limita a este salmo. En el Salmo 93 espera que los torrentes alcen su voz ante esta verdad (v. 3). En el Salmo 96 ordena que la frase se diga entre las naciones (v. 10). En el 97 exhorta a la tierra a regocijarse (v. 1).
Entiendo, por estas reacciones, que es necesario comprender las implicancias de esta declaración. Necesitamos encontrar la forma de entender lo que implica el reino soberano de Dios sobre todas las cosas. Podemos lograr este objetivo si sustituimos el verbo «reina» por otros sinónimos de la acción de Dios.
En lugar de «reina», podríamos declarar que el Señor controla, gobierna, crea, ordena, dirige, provee, protege, satisface, actúa, interviene, cubre, redime, salva, consuela, sana, levanta, bendice.
Cuando meditamos en esta lista de acciones, comenzamos a entender por qué el salmista cree que la tierra debe estremecerse frente a la frase «El Señor reina». Es una declaración de la magnífica soberanía del Todopoderoso, un testimonio de su absoluta autoridad sobre todas las cosas, un reflejo de que el imperio, la majestad, el dominio, la gloria y el señorío son suyos, por los siglos de los siglos. No existe institución humana que lo pueda destronar. No ha nacido el hombre que pueda hacer descarrilar sus planes. No existe un problema tan complejo que él no pueda resolverlo. No se ha manifestado una situación que él no pueda revertir.
Para pensar.
¡El Señor reina! Bendito sea su nombre, desde ahora y para siempre. Adorémoslo en la hermosura de su santidad. Postrémonos ante el trono de su majestad.

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