Temor santo

Temor santo

Entonces él tuvo temor; y Josafat humilló su rostro para consultar a Jehová, e hizo pregonar ayuno a todo Judá. Y se reunieron los de Judá para pedir socorro a Jehová; y también de todas las ciudades de Judá vinieron a pedir ayuda a Jehová […] Dios nuestro, ¿no echaste tú los moradores de esta tierra delante de tu pueblo Israel, y la diste a la descendencia de Abraham tu amigo para siempre? ¡Oh Dios nuestro! ¿no los juzgarás tú? Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos. 2 CRÓNICAS 20:3–4, 7, 12

Para el momento en que Josafat llegó a ser rey, Judá era una nación pequeña, y las naciones circundantes podrían derrotarlos fácilmente. Vemos que el rey trajo muchas reformas. La Biblia registra eso y luego dice: “Pasadas estas cosas, aconteció que los hijos de Moab y de Amón, y con ellos otros de los amonitas, vinieron contra Josafat a la guerra” (20:1).

Lo más “razonable” que el rey podría haber hecho era rendirse y establecer algún tipo de tratado. No había manera humana en que una nación tan pequeña derrotara ejércitos tan grandes. En ese contexto, leemos que el rey tenía miedo y ¿quién no lo tendría? Pero el temor no lo detuvo.

Quiero aclarar este punto. Sentir temor no es pecado o fracaso o desobediencia. De hecho, hacemos bien en pensar en el temor como una advertencia hacia nosotros. Es un grito de peligro.

Pero entonces debemos decidir qué hacer con el temor. Podemos actuar; podemos acobardarnos; podemos ignorarlo. El rey Josafat hizo lo correcto: “Humilló su rostro para consultar a Jehová” (v. 3).

No tenía las respuestas, y ciertamente no era tan tonto como para pensar que su pequeño ejército podría derrotar a sus enemigos. Y esa es una lección importante que debemos aprender en nuestras batallas en contra de Satanás. Nuestro enemigo es poderoso, y si pensamos que podemos derrotarlo nosotros mismos, somos absurdos y estamos bastante equivocados.

El rey no solamente oró, sino que también proclamó ayuno a lo largo de toda la tierra. La Biblia continúa diciendo que se levantó en medio del pueblo y oró por liberación: “Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros; no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos” (v. 12).

Esa es exactamente la oración que Dios quería escuchar. El pueblo admitió que no sabía qué hacer, que no podían ganar, y que su sola esperanza estaba en la liberación de Dios.

Justo en ese momento el Espíritu Santo vino sobre un hombre llamado Jahaziel. “Y dijo: Oíd, Judá todo, y vosotros moradores de Jerusalén, y tú, rey Josafat. Jehová os dice así: No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no es vuestra la guerra, sino de Dios” (v. 15). Continuó diciendo: “No habrá para qué peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová con vosotros. Oh Judá y Jerusalén, no temáis ni desmayéis” (v. 17). El relato continúa diciendo que el pueblo comenzó a cantar alabanzas a Dios. Cuando hicieron eso, Dios hizo que se infiltraran guerreros del Monte Seir y mataran a los enemigos de Judá de modo que ninguno escapara.

Ese es el mayor secreto de ganar batallas en contra de su enemigo. Usted reconoce su temor; incluso puede llamarlo “temor santo” porque lo empuja a buscar a Dios. Si usted no está realmente asustado (o preocupado) y no ve el problema como mayor que usted mismo, ¿para qué clama a Dios por ayuda? Pero cuando se vuelve abrumador, se da cuenta de que necesita ayuda divina. Isaías lo dice de esta manera: “Porque vendrá el enemigo como río, más el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él” (Isaías 59:19b).

Cuando usted clama con temor santo, Dios escucha y se apresura a rescatarlo. Esa es su promesa, y Él nunca rompe sus promesas a los suyos.

Oremos
Dios, he tenido temor, y con mucha frecuencia me he concentrado en el temor y me he olvidado de que es una oportunidad para clamar a ti para que pueda ver tu mano de liberación en mi vida. Dame temor santo para que siempre clame a ti en mis momentos de tribulación. Te pido esto en el nombre de Jesucristo. Amén.

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