“Cuando las aguas llegan hasta el alma"
:“Cuando las aguas llegan hasta el alma”
“Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie; he venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido; han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios.” Salmo 69:1-3
David describe una experiencia que muchos creyentes conocen bien: la sensación de estar siendo sobrepasados por las circunstancias de la vida. No habla de un río literal, sino de aguas espirituales, emocionales y personales que parecían arrastrarlo hacia el fondo.
Hay temporadas en las que las responsabilidades, las pruebas, las pérdidas o las luchas internas parecen entrar “hasta el alma”. En esos momentos, la oración deja de ser una rutina y se convierte en un clamor profundo: “Señor, sálvame”.
Lo maravilloso de este salmo es que David no escondió su dolor delante de Dios. No fingió fortaleza ni ocultó su cansancio. Él llevó su quebranto al único lugar donde podía encontrar ayuda verdadera: la presencia del Señor.
Dios no se aleja del creyente que clama desde las profundidades. El mismo Dios que escuchó a David escucha hoy la oración del que se siente agotado, confundido o sin fuerzas.
Quizá hoy sientes que las aguas han llegado demasiado alto, pero recuerda esta verdad: las aguas pueden llegar hasta tu alma, pero nunca podrán llegar más alto que la mano de Dios extendida para rescatarte.
Para pensar.
Dios escucha el clamor que nace desde las aguas profundas y nunca abandona a quien pone su esperanza en Él.
Oración
Señor, hoy vengo delante de Ti con sinceridad. Tú conoces las aguas que estoy enfrentando y las cargas que llevo en mi corazón. Cuando mis fuerzas se agoten y mi voz se canse de clamar, ayúdame a recordar que Tú sigues escuchando mi oración. Extiende Tu mano sobre mi vida, sostén mi fe y llévame nuevamente a tierra firme. En el nombre de Jesús. Amén.
“Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie; he venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido; han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios.” Salmo 69:1-3
David describe una experiencia que muchos creyentes conocen bien: la sensación de estar siendo sobrepasados por las circunstancias de la vida. No habla de un río literal, sino de aguas espirituales, emocionales y personales que parecían arrastrarlo hacia el fondo.
Hay temporadas en las que las responsabilidades, las pruebas, las pérdidas o las luchas internas parecen entrar “hasta el alma”. En esos momentos, la oración deja de ser una rutina y se convierte en un clamor profundo: “Señor, sálvame”.
Lo maravilloso de este salmo es que David no escondió su dolor delante de Dios. No fingió fortaleza ni ocultó su cansancio. Él llevó su quebranto al único lugar donde podía encontrar ayuda verdadera: la presencia del Señor.
Dios no se aleja del creyente que clama desde las profundidades. El mismo Dios que escuchó a David escucha hoy la oración del que se siente agotado, confundido o sin fuerzas.
Quizá hoy sientes que las aguas han llegado demasiado alto, pero recuerda esta verdad: las aguas pueden llegar hasta tu alma, pero nunca podrán llegar más alto que la mano de Dios extendida para rescatarte.
Para pensar.
Dios escucha el clamor que nace desde las aguas profundas y nunca abandona a quien pone su esperanza en Él.
Oración
Señor, hoy vengo delante de Ti con sinceridad. Tú conoces las aguas que estoy enfrentando y las cargas que llevo en mi corazón. Cuando mis fuerzas se agoten y mi voz se canse de clamar, ayúdame a recordar que Tú sigues escuchando mi oración. Extiende Tu mano sobre mi vida, sostén mi fe y llévame nuevamente a tierra firme. En el nombre de Jesús. Amén.

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